Narrado por Felicidad Carretero (57 años) en Vega-Sicilia (Valbuena de Duero, Valladolid) en 1984. Recogido por Joaquín Díaz.
Esto era una señora, era una señora que tenía una hija muy tragona, muy tragona, muy tragona, y un día se la había comido cinco empanadas que había hecho para la cena, y se puso a gritar: –¡Ay!, que mi hija se ha comido hoy cinco empanadas, que mi hija se ha comido hoy cinco empanadas... Y entra una anciana corriendo: –Que pasa el rey... Entonces cuando pasaba la corte del rey, pues por los pueblos, pues toda la gente tenía que salir a verle para aclamarle y todo eso. Entonces ella dice: –¡Ay!, ¿qué hago yo ahora? Porque la había oído vocear. Y decía el rey: –¿Aquí hay una señora que está loca o qué pasa? Entonces dice: –No, qué va, es que mi hija se ha hilado hoy cinco madejas. Dice: –¡Ay, Dios mío!, pues eso es lo que yo necesito: una niña que hile mucho, porque yo tengo muchas madejas para hilar. Mándemela a pala- cio que tiene que hilarme. Entonces, la señora toda asustada: –Ay, qué haré yo, Dios mío; pero si no sabe hilar ¡Qué hacemos! –dice– ¡Qué haré yo! Bueno, pues estaba la pobrecica llorando. La mujer se marchó a casa, y decía: "¡Ay, Dios mío! ¿Cómo lo arreglaré yo?" Y la niña llorando allí en una habitación que la habían puesto en el palacio con un montón de lana para hilar, juh!, ¡vellones terribles! Y la pobrecica llorando...; entró por una ventana un enanito y la dice: –¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? Dice: –Es que mira: me había comido cinco empanadas, y pasaba el rey –y se lo contó todo–, y mi madre dijo que me había hilao cinco madejas, y yo no sé hilar. Dice: –Mira, no te preocupes que yo te voy a llevar todos los días la lana y te la traigo, te traigo hiladas cinco madejas tos los días; pero cuando termine de hilarte todo este montón, me darás lo que yo te pida. Dice: –Bueno, yo te daré lo que tú quieras; no te preocupes. Entonces, pues todos los días lo hilaba, y ya le quedaba muy poco. Se lo llevaba, se lo daba al rey: todos tan contentos. Entonces, cuando ya le quedaba muy poco, muy poco: "¡Ay, Dios mío!", dice: –Bueno, ¿qué me vas a pedir?, porque no hemos hablao desto. Dice: –Pues te voy a pedir que sepas mi nombre, a ver si sabes cómo es, cómo me llamo, y entonces no te pediré nada. Dice: –¡Ay!– pues todos los días, ya los últimos días le decía qué sé yo nombres– Te llamas Juan, te llamas Pedro... –no se llamaba de ninguna manera. Entonces llegó una vecina un buen día a hablar con su madre y dice: –Hija, me ha pasao una cosa más curiosa –dice–. Iba a por leña al bosque –dice–, y en el tronco de un árbol –dice– sentí que había una rueca –dice–. Me acerqué –dice–, y claro, él no me vio –dice–, y había un enano hilando –dice–, y estaba cantando: Yo no tengo nombre ni tengo motes, que me llaman Perico de los Palotes. Entonces la madre dice: –Ay, gracias, Dios mío –dice–, que es lo que yo quería saber. Fue corriendo y se lo dijo a la hija, dice: –Mira, hija, se llama Perico de los Palotes. Entonces, cuando llegó el enanito (que ya no le quedaba nada), dice: –Mira –dice–, te llamas –empezó por otros nombres para que no le pareciera que había sido una cosa que se lo hubiera dicho nadie–, te llamas esto, te llamas lo otro, te llamas... Dice: –No, no, no... –ay, el enano daba saltos de alegría–. Que no, que no me llamo así. Dice: –Pues te llamas Perico de los Palotes. Y entonces, ¡aaahhh!, se puso todo furioso, todo furioso; se marchó, y andando. Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.