Se enamorón del más joven y al ver soltar la manada, 2 y ahí le ha mandado llamar con una de sus criadas: -Y oiga, usted, buen segador, que mi señora le llama. 4 -Y oiga usted, buena señora, ¿para qué es esta llamada? -Y esta llamada, señor, pa que siegue mi senara-. 5 N’tavía la preguntó y en qué tierra ya sembrada. -No está en alto, ni está en bajo, ni en barrera, ni en solana, 8 que está ahí entre dos columnas debajon de mis enaguas...
La siega de la hierba
Si el romance de La loba parda es muy conocido entre los pastores, el más popular entre los segadores, por su propio desarrollo y connotaciones, es el de La Princesa Bastarda. Relata los amoríos de la hija del emperador de Roma —aunque según las versiones es un emperador navarro, el padre Santo de Roma, el rey moro de Granada, el marqués de la Coruña o un moderno presidente de Europa—, con un apuesto segador en el que busca consolar sus soledades palaciegas. La metáfora de la siega de una senara, del campo de mies utilizada como símil sexual, a la que alude el romance, lo hizo muy popular entre la población rural aunque aparece censurada en muchas encuestas romancísticas y también cuando se utiliza el romance dentro del repertorio infantil reciente.